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No repetiremos ahora que Joan Ponç fue el primero en abrir y atravesar la puerta. En el mundo falsificado donde el arte del estraperlo realizaba la fructífera putrefacción, él encontró la manera de pasar al aire libre y arrastró consigo a sus compañeros. Allí, no se contentó con respirar. Buscó otras puertas por donde entrar. No le asustan las madrigueras si puede adentrarse en ellas con lo que Bataille llama un acto soberano. El arte es fruto de un deseo. Un deseo es la consciencia de un vacío que actúa como un imán y nos arrastra hacia él. El vacío que atrae a Joan Ponç es sobre todo aquello que, con la retórica tradicional, era denominado el abismo por antonomasia. Pero su originalidad estriba en que no lo mira con las gafas del “mitificador” que lo refleja para asustar, ni con las del que se hace el valiente y desafía las iras del cielo como un héroe romántico, ni tampoco con las del pequeño burgués que se hace cómplice del asalto a la razón. Actúa como quien hurga en sí mismo. Sabe que hay otro mundo fuera del visible y, como quiere René Char, cierra los ojos soberanamente para ver algo que merece ser visto. Otra luz le inunda otros ojos, en la esfera de los mitos. Acabamos de mirar las últimas pinturas míticas de Joan Ponç, algunas de ellas de formato monumental. Personajes semitransparentes, semifluorescentes, crispados de botoncitos en relieve, operan en ellas actos de crueldad i defensa o aparecen en espacios siderales de soledad. Los conflictos de los hombres están presentes, pues, como decía Durkheim, el modelo de los mitos no es otro que la sociedad... Laing ha desenterrado incluso las raíces de los mitos más individuales para mostrar que se nutren de conflictos interpersonales. Ponç ha hecho un trabajo vanidoso. En un mundo donde se abusa de la razón y la se domestica para hacer de ella el pedestal de la tecnificación, la educación, la medicina, la psiquiatría y la burocracia, era necesario que alguien trabajase, desde el dominio del arte, en el sentido que predica Ivan Illich. Cuando deviene evidente que la consciencia de la polución es un buen pretexto para los tecnócratas, que la formación cívica tiende a abolir los compromisos políticos y la educación sexual a inhibir el placer, hace falta que alguien como Ponç reivindique los caminos del mundo precapitalista y preindustrial y nos ahorre la monótona optimización así como la asimilación entre las ideas de civismo y de salud mental y la integración, la sumisión y el ahogo de las contradicciones. Frente a la exigencia de normalidad, que representa la hipocresía del hombre alienado (adaptado a los intereses ajenos), la pintura de Ponç tiende a preservar la consciencia primigenia, radical y cruel de la alteridad y nos ayuda a ver correctamente que la realidad es conflictiva. Alexandre Cirici Texto del catálogo Exposición Joan Ponç Dau al Set, enero de 1974. |
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