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Ponç empieza a pintar por vocación a la edad de 17 años antes de recibir ninguna formación académica; su pintura se manifiesta de forma simple y directa.
Recibe sus primeras y únicas clases del maestro Ramon Rogent. El descubrimiento de una obra de El Greco, en concreto El entierro del Conde de Orgaz, le causa una fuerte impresión.
Se entrega totalmente al descubrimiento del lenguaje pictórico, que parece surgir en él como una necesidad profunda. La pintura se convierte en un medio para transformar el opresivo imaginario religioso de su entorno escolar i familiar. Sus primeras imágenes son metáforas que retratan de forma alegórica la aspiración humana a la totalidad.
Son dibujos de pequeño formato, hechos con pintura al óleo o gouache, encima de papel muy fino de embalaje, donde aparecen los primeros personajes poncianos: perfiles de cuerpos de dibujo plano y línea suave combinados con manchas de color que nos podrán recordar a la pincelada de Cézanne. La gama de colores es bastante homogénea: verdes, rojos, ocres y negros. La línea es en blanco o negro trazando figuras humanas encima de paisajes oníricos donde a menudo aparecen montañas, fuegos, cruces, castillos y ermitas.
En esta etapa aparece el primer mundo de Joan Ponç, con la fuerza y la autenticidad del artista visionario; utilizando la pintura como un medio de exploración de lo oculto.
Dando muestras de una confianza y libertad creativas que lo acercan a ciertas corrientes primitivistas. Son los inicios de su viaje alucinante por la pintura, que contagia a sus compañeros y sacude a los que, al descubrirlo, vieron un nuevo camino donde desarrollar lo que con el tiempo se puede reconocer como inicio de las segundas vanguardias.

Es el período más prolífico de la producción del pintor, vinculado a la aparición de la revista Dau al Set, con la que, junto con otros pintores, teóricos y poetas, dieron vida y voz a un movimiento regenerador del panorama artístico. Una propuesta que desafía el vacío de contenidos de los artistas auspiciados por el régimen franquista y que se plantea el reto de devolver al arte la capacidad de indagar, adentrándose en la búsqueda de una simbología propia.
En esta etapa, Ponç destaca por la construcción de escenografías donde va desplegando su vasto y rico imaginario. Son imágenes de una fuerza inquietante, salidas de un estado de vigilia en el que el pintor se mueve con fluidez, descubriendo un mundo robusto y coherente poblado de seres, animales y signos. Estamos frente al primer universo pictórico de Joan Ponç, que se configura con una madurez y unidad inusitadas.
Despierta la admiración incondicional de los intelectuales y los críticos de la época y también la de sus compañeros de Dau al Set: Joan Brossa, Modest Cuixart, Antoni Tàpies, Arnau Puig y Joan Josep Tharrats.
Los primeros dibujos de esta etapa son como retablos planos sin profundidad, donde el ritual mágico-poético se produce fruto de la interrelación orgánica de los distintos elementos (el ave nace del huevo que sale de la cruz); diríamos que es un arte que surge directo de la percepción: la pintura como un estado alterado de consciencia. A medida que avanza, su universo se va asentando en un horizonte situado en el fecundo terreno de lo invisible, donde tiene lugar lo intemporal. Los colores de cromatismos puros e intensos también parecen alterados, irreales; ayudan a darle el aspecto telúrico que caracteriza su obra.
El dibujo se vuelve cada vez más sofisticado, juega a veces con la ilusión del volumen; encontramos ya las primeras muestras de la minuciosa trama ponciana. Es una etapa clave en la que se manifiestan todos los elementos de su obra, donde se vislumbran sus diferentes registros, los recursos que después explorará hasta el último detalle.

Esta etapa es un paréntesis, tanto en la vida como en la obra.
Ponç pasa por un momento de ruptura, desconecta del entorno artístico catalán al encuentro de nuevos estímulos. Durante estos años ejerce de profesor de arte. La docencia le da una visión más completa. Intenta explorar nuevas posibilidades utilizando a menudo una composición más clásica.
Se replantea su obra, que se vuelve más introspectiva, estática. Hay ciertos cambios en la iconografía, el elemento mágico persiste y aumenta, hace más uso de motivos orgánicos y vegetales, trabaja con bodegones, hay más presencia del mundo animal: cabras, peces, pájaros… Recupera también el dibujo figurativo. En ocasiones acentúa el aspecto material de su pintura; parece como si el ojo ponciano quisiera acercarse más al objeto representado, traspasando la piel, mostrando los interiores, los microcosmos de la materia, su energía: surge el dibujante de línea precisa, casi decimal. Descubre nuevos recursos técnicos como las mini pinceladas de pintura-materia que, hechas con una disolución más densa, sobresalen de la tela; se refiere a ellas con el nombre de acupintura.
Es la etapa más dispar de su trayectoria. Abandona la espontaneidad de los inicios y refuerza el aspecto geométrico, deja las formas fluidas por una línea más recta, angulosa. Recursos que consolidará más tarde a su retorno a Cataluña. Su manera de hacer se acerca a la de un investigador científico o musical. Trabaja en series cada vez más numerosas de las que destacan la suite Pájaros, la suite Cabezas y Instrumentos de tortura. Su mundo se vuelve más hermético y críptico, persiste en su convicción de que la pintura puede ser un medio de encuentro con lo absoluto, es el periodo del Joan Ponç más obsesivo y paradójico.

A su retorno de Brasil Joan Ponç se reencuentra, recogiendo los frutos de su trabajo perseverante. Recibe el reconocimiento indiscutido de la crítica y vive un período de esplendor en el que expondrá y trabajará con los mejores galeristas del momento; Joan De Muga y René Metràs. Realizará diferentes colaboraciones con importantes escritores como J.V.Foix, Joan Fuster, J.Corredor Matheos y Luis Goytisolo.
Sigue con su productividad incesante. Esta etapa se caracteriza por la fusión de las diferentes líneas que ha ido desarrollando en una propuesta integradora. Nos encontramos en su momento de madurez como artista, en el que revisa y consolida su universo pictórico.
Mantiene vivo su mundo simbólico y cifrado, conservando el onirismo atmosférico, los colores extremos, la pincelada-materia. La composición es muy equilibrada y el dibujo se hace aún más cartesiano. Introduce la degradación de colores en el fondo y agudiza la geometría de las formas sin perder su temática entre lo religioso y lo fantástico, con cierto humor negro que lo acerca al mundo del cómic. Lleva a cabo sus obras de gran formato, que son ejecutadas con la misma minuciosidad y cuidado por los detalles. La iconografía se mantiene y se enriquece, abundan las velas, los ojos; continúa con la obsesión de dibujar la luz. Sus cuadros se llenan de la fuerza de los lugares donde vive y trabaja: Cadaqués, Ceret, la Roca, St. Paul de Vence. Vive recluido en la pintura sin perder el contacto con el mundo de la cultura. Son los años de más presencia de su pintura en los circuitos artísticos; estamos frente al Joan Ponç más visionario y a la vez el más equilibrado.

Después de 30 años de dedicación ferviente a la pintura, su salud se ve resentida y sus problemas con la diabetes derivan en dificultades para ver hasta llegar a perder temporalmente la visión de un ojo, hecho que implica el tener que reducir el ritmo y el tamaño de sus trabajos. Es de este período la serie pintada con un solo ojo, hecha entre consultas y salas de espera.
Trabaja conscientemente en la que será su obra póstuma, donde la presencia de la muerte queda plasmada; mantiene con ella un diálogo constante con una fuerte carga irónica.
Acaba la serie de dibujos con tinta y gouache Fons de l'Ésser. Inicia Las cajas secretas, su serie más extensa, que viene a ser una recopilación final de su imaginario; vuelve a trabajar el dibujo con sencillez y refinamiento. Encuentra en la imagen alegórica, como siempre, la manera más directa y contundente de articular su discurso.
Sus personajes pueblan su mundo con desenvoltura, están todos, ahora concentrados en la figura del cuerpo humano como prisión de lo que se retuerce dentro: la pulsión sexual, la avaricia, la locura, los puntos de energía, etc. Realiza su diccionario final.
Destacan de entre algunas de las piezas finales Crucifixión cósmica, El profeta, Homenaje a Leonardo da Vinci y El cementerio como la llave que cierra su universo pictórico; obras con las que culmina su mirada sobre lo humano, visto en un duelo fabuloso entre lo demoníaco y lo maravilloso invisible. Joan Ponç nos habla siempre desde un inframundo más allá de lo real, entre el infierno y el sueño.
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