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DIARIO DE JOAN PONÇ Como dentro de una herida me recuerdo en una noche helada paseando por unas calles desviadas y cortas, iluminadas por una obsesiva luz verde y oxidada que todo lo infectaba y helaba. A poca distancia del suelo, las hhimeneas humeaban. Tenía la sensación de que en cualquier momento y esquina encontraría a Virgilio para acompañarme por aquellas calles. Apartando el humo con las dos manos, me parece recordar que estaba subiendo una empinada escalera, de un amarillo color escarabajo, y llamé a una puerta sorda, opaca y vertical. La puerta, como abriéndose por sí sola, me invitó a una habitación cuadrada. Había, como colgada de un hilo invisible, una persona con la frente muy grande y la cara pequeña casi ocultada por una barba negra: parecía recién salido de debajo de la sotana de un inquisidor. Quizás sí que había algún cuadro colgado en la pared, pero los recuerdo encima de las sillas, sobre la mesa, bajo la cama; por el suelo como setas venenosas. Vi un cuervo devorando un cordero, un conejo desollado con las entrañas aún palpitantes, un perro cojeando de una pedrada… Por increíble que parezca, estoy recordado una situación real, de un lugar real: Olot, un pintor que existe, Cumella, y, por fin, una pintura aún más real, mucho más en cualquier caso que los “cromeis” tradicionales de estos páramos. |
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