1927

Nazco en Barcelona el 28 de noviembre a las dos de la madrugada bajo el signo de sagitario, cuyas características sorprendentemente coinciden con las mías. La más curiosa se refiere a las piernas: los sagitarios más puros tenemos las piernas siempre heridas. Por mil y una razones siempre las tengo dañadas; los golpes más frecuentes los recibo de los bastidores de los cuadros, que me resbalan del caballete e inevitablemente me caen encima.

La casa donde nací estaba muy próxima a la del gran poeta catalán J.V. Foix, por el que he sentido una admiración y amistad que el tiempo ha ido afianzando. Su lucidez e incorruptibilidad me han sido un magnífico ejemplo.

Mi madre tuvo un parto muy difícil, tuvieron que sacarme con fórceps, según parece el dolor producido por los hierros me duró meses. El destino ya mostraba como el dolor acompañaría mi existencia desde mi irrupción en el mundo. No cabe duda de que este acontecimiento me marcó profundamente.

1932
Mi infancia fue una auténtica pesadilla. Creo que ha sido para evadirme de un mundo cruelmente real que empecé a vivir en un mundo fantástico al que he sido fiel toda la vida y que con el transcurso del tiempo ha adquirido una realidad más sólida que la que entendemos vulgarmente.
Mi familia tenía un guardamuebles. Me recuerdo atemorizado paseando por estrechos y larguísimos pasadizos de enormes salas llenas de muebles. Ponía especial atención a sus crujidos, pues mi abuela me había dicho: “Son las almas de los muertos que quieren hablar.” Mi abuela fue una mujer admirable que me dio en la infancia un amor vital que mis padres no me supieron dar. Cuando murió, besé su cadáver, ante el espanto de sus propios hijos y demás nietos que la miraban con indiferencia.

Estos hechos causaron una profunda impresión en mi alma. Siempre he pensado intensamente en el mundo de los muertos y creo que a través del tiempo he tenido experiencias extraordinarias en torno a este mundo; un mundo demasiado delicado e íntimo para poder hablar de él.

1934
Fue en esta época que empecé a dibujar. Mis padres, como castigo, me mandaban al tejado de la casa. Mientras subía dibujaba con las uñas sobre el yeso de las paredes para consolarme. Por lo visto los castigos eran frecuentes, pues quedaron las paredes repletas de ellos. Desde el día que se apercibieron, me mandaron a los sótanos.

1936
En la escuela no ponía atención a los profesores, que me sorprendían frecuentemente dibujando. Las horas de recreo me las pasaba “acompañando a un árbol”, viendo como mis compañeros jugaban. Me entretenía construyendo pequeños jardines con la arena y las hojas que encontraba. Los profesores me miraban; miraban mis extraños jardines y volvían a mirarme muy intrigados.

Durante la guerra civil los bombardeos que a su inicio me daban pavor, poco tiempo después me dejaban indiferente. Jugábamos a Rojos y Blancos. Di y recibí algunas pedradas de las que aún quedan huellas. Al salir de la escuela, dibujaba con carbón y en grandes proporciones figuras obscenas sobre inocentes paredes. Esta afición me valió más de un bofetón.

Recuerdo como grabado a fuego que la monja que cuidaba de mi clase, madre Antonia, perdió la razón y, saliendo de la casa donde estaba escondida, empezó a correr por las calles desnuda.

Nuestra afición era coger pequeños animales, preferentemente lagartijas. Las metíamos en potes cubiertos con un cristal y los poníamos al fuego. Mirábamos con intenso placer cómo los pobres bichos se retorcían de dolor. Otras veces poníamos en un tubo de cristal una araña y una mosca

1940-43
Mis padres me internan en los Salesianos de Mataró, donde curso los primeros años de bachillerato; tengo grandes problemas por dibujar en vez de estudiar”. Descubro una reproducción del Greco: El entierro del Conde de Orgaz. Me causa una profunda impresión y me voy a ver al director para pedirle ingresar en la "Orden de los pintores" ya que, no sé por qué razón, se me figura que los pintores pertenecen a una orden religiosa. No andaba demasiado equivocado.

Imposible vivir en el régimen de disciplina del colegio. Vivo castigado, de cara a la pared del fondo de la clase; durante el recreo, al pie de un árbol, como en mi infancia muchas noches, al pie de la cama. Hago unos dibujos en que describo a los alumnos como unos pobres seres torturados por los profesores furiosos; dichos dibujos caen en manos de los padres. Se habla de expulsión. Se intensifica el régimen de castigos. Bajo una seria amenaza de suicidio convenzo a mis padres de sacarme rápidamente de aquel infierno.

1944
Entro a estudiar pintura en el taller de Ramón Rogent, excelente maestro. Me enseñó cosas muy importantes como mantener la paleta y los pinceles limpios y cómo mezclar los colores con nitidez. Me decía: “Lo que no se puede enseñar ya lo tienes. Aprenderás conmigo lo que se puede aprender”. La figura de Rogent está en mis recuerdos llena de luz. En casa mi afición a la pintura no cayó demasiadamente bien; y me refugiaba en un cuarto encima del tejado, donde había los depósitos del agua, y dibujaba horas y horas acompañado de su monótono ruido. Iba llenando todas las paredes de dibujos y cuando ya estaban llenas los quemaba y volvía a empezar.
Para ir del taller de Rogent a comprar pinturas, pasábamos por una calle con prostíbulos. Me emocionaba visitarlos.

1945
Me rebelo contra la enseñanza: si Rogent me aconsejaba pintar con colores claros, lo hacía con obscuros. Cuando ensalzaban la luz mediterránea, pintaba con las ventanas cerradas.
A pesar de mi carácter difícil, del cual no me he librado nunca, Rogent siempre me trató con afecto y comprensión. Lo cual no impide que se lamentara con sus amigos de mis reacciones. Leo apasionadamente a los griegos.

1946
Mi padre, en un día solamente, reúne la familia y dice: “O dejas la pintura que es cosa de bohemios o a trabajar”. Digo: “A Trabajar”. Me manda a un taller de carpintería donde debo hacer trabajos muy duros debido a mi constitución y falta de práctica. Poco tiempo después aparece un ser milagroso, Joan Vinyals -estos seres milagrosos ya no me abandonan nunca-, y le dice a mi padre que paga el doble que el carpintero para que pinte para él. Entusiasmado por mis pinturas me adquiere todo lo que había producido hasta aquel momento. Me organiza mi primera exposición en Galería Arte, en Bilbao. Mis trabajos causan el espanto del público, que me mira como un pequeño monstruo. José María de Sucre escribe una crítica que se niegan a publicar. Fracaso total en cuanto se refiere al “éxito”, pero no me preocupa esta reacción, pues algo me dice que estoy haciendo algo importante, que lucho contra la pintura falsa, servilmente comercial; que continúa una lucha que algunos a través de los tiempos mantienen valerosamente; que soy un líder.

1947
El matrimonio Herman, judíos refugiados, me descubre el mundo de Freud, así como las obras más grandes de la pintura moderna. Jaime Colson, un pintor dominicano que ha vivido muchos años en París, funda, en una pequeña taberna de Gracia, un grupo llamado La Campana. Allí nos reunimos los malditos de aquella época. Sebastià Gasch publica en Destino un artículo sobre mi trabajo con una reproducción. Se reciben numerosas cartas de protesta.

Comprando en la farmacia, descubro que alguien se ha dejado un libro que atrae mi atención: una monografía sobre Le Douanier Rosseau. Pregunto por su propietario que resulta ser el poeta Joan Brossa, al que me unirá una amistad que desafiará el tiempo.

Con Brossa fundo la revista Algol. Colaboran E.Tormo, A.Puig, Jordi Mercadé y F. Boadella. Con el tiempo se llamará a dicha publicación el padre de Dau al Set. La editamos con gran lujo y con gran fe en un público que no responde. Resulta un fracaso económico que cae a las espaldas de E.Tormo, la única persona solvente del grupo en aquel tiempo.

Mantengo prolongadas conversaciones con Brossa, invariablemente sentados en un banco de la plaza Molina, donde frecuentemente nos sorprende la mañana. Nuestro héroe es Nietzsche. Citamos sus pensamientos continuamente. Nos sentimos al margen de la sociedad y estamos orgullosos de ello.

Los domingos, en lugar de ir a misa por las mañanas, íbamos por las tardes a casa de Foix. Su casa fue un auténtico refugio durante algunos años.

Viajo por España. Visito reiteradamente el Museo del Prado. Trabajo con gran intensidad, la indiferencia que siento a mi alrededor no me perturba, por el contrario, me estimula. El hecho que para la gente en general y la familia en particular sea un auténtico loco no me importa. Sigo mi camino llevado por inconmovible fe. Paso toda clase de privaciones. Viñals ha muerto; nadie se atreve a comprarme nada. Me dedico principalmente al dibujo por ser más baratos sus materiales. Ya tengo calculado que con el dinero que necesito para pintar un cuadro dibujo veinte días.

Con una magnífica presentación de Foix, expongo junto con August Puig. Apenas acuden unos pocos visitantes. De la crítica, nada. Aparecen en la exposición dos jóvenes estudiantes de abogacía y medicina que se interesan vivamente por la pintura revolucionaria, les pregunto su nombre: A. Tàpies y Cuixart. Con E. Tormo editamos dos libros de monotipos con textos de Brossa i Tharrats. Perucho publica un artículo sobre mi trabajo en Ariel.

1948
Otra vez con Brossa nos animamos a fundar una revista; ya no estamos solos. Tàpies i Cuixart están empezando a trabajar intensamente, podemos contar con ellos; hemos encontrado también otro hombre entusiasta de todo lo nuevo que además tiene una pequeña imprenta: Tharrats. Arnau Puig continúa también. Nos lanzamos a la aventura. Tharrats es una persona organizada y las cosas no marchan mal del todo; podemos continuar editando nuevos números. Existe una maravillosa armonía entre nosotros. No creo que ninguno de nosotros fuese consciente de la importancia que dicha publicación adquiriría con el tiempo, pero trabajamos con un entusiasmo extraordinario y nuestra vida de aquellos tiempos giraba en torno de ella. Antoni Tàpies me compra una pintura que paga con grandes sacrificios, pues en aquel entonces pasaba muchos apuros de dinero.

El tiempo ha distanciado a algunos de los individuos que integrábamos el grupo. Continúo con buenas relaciones con Brossa, a quien veo con regularidad; muy raramente veo a Tàpies. Hay entre nosotros un profundo respeto por la obra y la persona. El Dau al Set, en su aspecto plástico, queda profundamente impregnado de mi espíritu y he sido el único que a través de los años ha mantenido una línea próxima. Mi trabajo, con mayor o menor acierto, siempre ha girado en torno de lo mágico y, sin duda, era lo mágico la esencia del Dau al Set. Dadas las muchas confusiones respecto a los elementos que constituimos el Dau al Set, quiero esclarecer de una vez para siempre que la plantilla era concretamente esta:

Poeta: Brossa.
Filósofo: Puig.
Pintores: Cuixart, Ponç, Tàpies.
Public relations: Tharrats.

Estos son exactamente los nombres, con sus funciones exactas. Cualquier otro nombre sólo tuvo contacto como colaborador esporádicamente, lo cual no impide que algunas de estas colaboraciones fuesen muy importantes y realizadas por personas que, con el tiempo, fueron demostrando su valor.

A través de Prats, gran amigo de Brossa, visito el atelier de Joan Miró. Es como una visita sagrada a un lugar sagrado. Participo en una exposición homenaje a Paul Klee, que se celebra en Berna.

René Metras, con el dinero que le daba su padre para sus gastos, compraba obras de Ponç, Tàpies y Cuixart. Un día, entusiasmado ante unas obras que le llevamos a la fábrica acuciados por la falta de dinero, pide a los obreros un pequeño descuento de su jornal para poder comprarlos. Los obreros aceptan con alegría: nunca olvidaré la atmósfera maravillosa de aquellos momentos. Leo intensamente la obra de Dostoievski, con quien me identifico.

Exposición personal en el Club 49. Conozco en dicha exposición a Roser Ferrer, que siempre permanecerá a mi lado. Ilustro los primeros libros que edita Brossa Em va fer Joan Brossa y Dragolí.

1949
Santos Torruella, que lucha infatigablemente “para que las cosas cambien”, nos organiza una exposición en el Instituto Francés. Se edita un magnífico catálogo con un prólogo de Joan Cabral de Melo.

Exposición personal en Galerías Layetanas, organizada por Gaya Nuño. Como prólogo Juan Eduardo Cirlot escribe un magnífico texto. Hay una incomprensión total del público, crítica y amigos. Me quedo completamente solo y durante la exposición algunos trabajos son destruidos. Los pintores tradicionales encuentran mis trabajos excesivamente osados, y los “modernistas”, que empiezan a surgir como setas, los encuentran demasiado clásicos. Es el momento en que se oye decir con frecuencia y muy seriamente en los círculos intelectuales que para crear es necesario no saber dibujar ni pintar. Comprendo que sigo un camino que sólo puedo recorrer solitariamente, pues nunca estaré de “moda”.

Edito un álbum con diez litografías patrocinado por Joan Cabral y otros dos con aguafuertes editados por E. Tormo. Tomás Seral me adquiere gran parte de estas ediciones, auténtico milagro en aquellos tiempos. Seleccionado por Eugeni d’Ors expongo mis cuadros junto a los de Miró, Dalí y Torres García: es indescriptible la emoción que siento ante este acontecimiento. Estos hechos son pequeños oasis en un clima abominable. Cualquier irresponsable ignorando lo más fundamental coge los pinceles y se cree automáticamente creador de un estilo, fácilmente encuentra su coro de ranas. La confusión aumenta día a día. Fácilmente nos encontramos con genios improvisados que nos miran con desprecio, como “algo superado”.

1950
Trabajo intensamente, absolutamente solo. Intensifico mi labor en la pintura, realizo algunas de ellas sobre mármol y uso toda clase de materiales como soporte. En un mismo período realizo las experiencias más audaces y los estudios sobre los clásicos más rigurosos. Tengo mi atelier en la calle Aviñón; me ilusiona pensar que fue en una casa de esta calle donde Picasso concibió su célebre cuadro Las Demoiselles d’Avignon.

Exposición personal en la Sala Caralt. Expongo con Jaime Muxart en la Sala Van Gogh. Descubro la obra de Herman Hesse, a quien leo apasionadamente. Eugeni d’Ors me selecciona nuevamente para exponer en el “Saló dels Onze”; hace y escribe elogios (a mi juicio exagerados) sobre mi trabajo. Cuando consigo reunir un poco de dinero me retiro a una pequeña casa en la montaña donde pinto con intensidad. El contacto con la naturaleza me fascina y su silencio me sitúa en una atmósfera mágica que tiene grandes resonancias en mi espíritu.

1953
Me caso con Roser Ferrer, que en estos años es la única persona que mantiene una maravillosa fe en mi obra; me alienta, me ayuda y cuida de mi precaria salud.
Estancia en París que paso prácticamente en el Louvre y el Jeu de Paume*, estudiando. Me encuentro con Miró. Conversamos, le hablo de mi proyecto de irme a Brasil, le gusta mi idea y me dice: “Antes de irte ven a verme, haré lo que pueda por ti”. Efectivamente: antes de partir me da valiosísimas cartas que me abrirán todas las puertas como por arte de magia. Con muchos dibujos, poco dinero e infinita esperanza en una humanidad más pura, me voy a Brasil.

*Jeu de Paume: Galería de arte de París.

1954
Durante un largo período de tiempo creo haber encontrado el paraíso. Los brasileños simpatizan conmigo inmediatamente y me rodean de atenciones. Cada día recibo una invitación. Hay un clima de libertad que me seduce profundamente. Llego incluso a respirar más hondo; el recuerdo de esta curiosa reacción física está vivo en mi mente. Cicillo Matarasso, el hombre milagro, origen y base de todo el impulso de las artes plásticas en Brasil, me acoge con gran amistad y adquiere numerosos de mis trabajos.

Exposición personal en el Museo de Arte Moderno de São Paulo. Es un éxito rotundo: el día de la inauguración el propio museo decide comprar la totalidad de los trabajos expuestos.

Se inicia en mí un período de autocrítica rigurosa. Voy tomando consciencia de los defectos, de las flaquezas que me aquejan. Se apaga un poco la luz de la ilusión pero surge el maravilloso resplandor que acompaña tornarse consciente. El contacto con gentes de diversas nacionalidades me fascina. Vivo sumergido en las colonias italianas y judías que enriquecen extraordinariamente esta experiencia. Después conoceré el elemento negro, también extraordinario. Brasil es un lugar fascinante; el único lugar donde pude superar las destructivas autocríticas que me asaltaron; el único lugar donde mi amor a lo mágico, esencia de mi arte, pudo encontrar un ambiente apropiado que mantendría y ampliaría mi capacidad de penetración.

1955
Vivo en una pequeña hacienda en la selva. Una noche sufrimos una invasión de hormigas que rápidamente cubren el suelo, el techo y las paredes; todo se mueve amenazadoramente por nuestro alrededor. Milagrosamente salvamos a nuestro hijo. Durante días apenas puedo andar a causa de sus mordeduras a mis pies. Después de otras peligrosas experiencias con insectos, decido volver rápidamente a la ciudad.
Casi veinte años después de estos hechos, durante dos años dibujo insectos profundamente obsesionado por su recuerdo.

1956
Expongo en el Museo de Arte Moderno de São Paulo los trabajos realizados en la selva. Una beca concedida por Francisco Matarraso es adjudicada a Marcelo Guzmán y a mí. Se agudiza la autocrítica y quemo 160 trabajos. Es un acto de liberación, empiezo a trabajar “como por primera vez”. Decido retirarme del “mundo artístico”: exposiciones, marchantes, intelectuales, etc. Todo se me aparece como terriblemente falso. Durante años trabajaré silenciosamente sin mostrar un solo trabajo a nadie. Unos versos de Antonio Machado definen mi estado de espíritu de aquel momento:

“A distinguir me paro las voces de los ecos
y escucho solamente, entre las voces solo una conmigo.
Converso con el hombre que siempre va conmigo.
(Quien habla solo espera hablar a Dios un día)”.

Trabajo de día y de noche, pongo a prueba mi resistencia física.
El mundo mágico de mis trabajos empieza a emerger de mi interior a la vida exterior. Tengo experiencias de inaudita intensidad, a la vez maravillosas y destructivas.

1957
Me dedico a la enseñanza como medio más apropiado para mantener mi libertad creadora al margen de compradores, marchantes, público y otras calamidades que veo destruyendo paulatinamente incluso a los más resistentes. Mi escuela, situada en un monte en el centro de São Paulo, está ubicada exactamente entre la zona de los ricos y la de los pobres, toda rodeada de cristales nuevos más altos que todos los edificios de alrededor; parece situada en el interior de un avión.
Llega a mi escuela gente maravillosa, no hay la distinción profesor-alumnos. Somos hermanos, soy un hermano que ha visitado un mágico lugar llamado creación y cuenta sus experiencias a los otros. Mi amor a los otros nunca fue, ni creo será, tan intenso como en aquellos momentos.

Se acentúa mi preocupación por la metafísica, a tal punto que en un determinado momento se teme por mi salud mental y me ingresan en un manicomio donde paso algunos días en un ambiente alucinante. Ésta ha sido una de las grandes experiencias de mi vida; me recuerda a la que tuve en mi juventud cuando me internaron en un hospital militar y vi como un soldado a quien había mordido una rata moría de rabia. La gente que lo rodeaba sonreía ante sus alucinantes frases inconexas. Yo miraba al agonizante, miraba a los que fríamente lo contemplaban y sentía que delante de mí se estaba desarrollando algo increíble de lo que tenía que sacar conclusiones esenciales. Nunca he temido a lo terrible, pues siempre me ha enriquecido. Sólo temo y huyo rápidamente de lo banal; ésta es la razón por la que siempre he sido un solitario.
Durante este tiempo me sucedieron cosas increíbles que no puedo contar en su mayoría, pues exigen una intimidad y una previa selección de preparación espiritual de las personas a quienes se les puede hablar. A quienes no han tenido experiencia en dicho sentido, por inteligentes que sean, es mejor no hablar sobre este aspecto del misterio de la existencia. Contaré, apenas para matar la curiosidad de los asépticos y ampliar la de los que creen en este mundo mágico, el siguiente hecho: en la calle Augusto, lindando con la avenida Paulista, había un anticuario especializado en objetos del nordeste brasileño. Un día me llamó la atención el escaparate por la disposición de un grupo de extraños ángeles. Algunos colgaban suspendidos por tubos, sus caras parecían tener una terrible expresión de furia; los otros estaban en el suelo. Tratándose de piezas antiguas, les faltaban brazos, alas y alguna que otra cabeza. La expresión era la misma en todos, pero según el lugar que ocupaban mudaba extraordinariamente. Entre los objetos me llamó la atención un muñeco de madera que tenía algunos de sus miembros articulados. Cuando me disponía a salir, el dueño me dijo: “¿Tú eres Joan Ponç?” “Sí.” “¿No te acuerdas de mí?” “No.” “Hace dos años compré uno de los cuadros que expusiste en el museo, se trataba de una diabólica cabra negra sobre fondo rojo oscuro.” Recordaba el trabajo. “Quiero hablarte de esta cabra. Estaba en la ruina, no tenía dinero para comprar nuevos objetos y los que tenía no interesaban a nadie. Un día decidí llevar a la tienda algunos objetos de mi casa, entre ellos tu cuadro. Me sabía muy mal, pues lo había regalado a mi madre. El día que llevé tu cuadro, alguien me esperaba en la tienda. Miró el cuadro, compró casi todas mis mercancías y me dijo: “Lo que más me gusta es esta pintura, pero no la debes vender jamás”. A partir de este hecho mis negocios empezaron a prosperar. Poco tiempo después un amigo banquero estaba a punto de llegar a la bancarrota y, enterado de mi historia, me vino a ver suplicando que le prestase tu pintura. La colgó en un despacho del banco. Como por arte de magia sus affaires cambiaron súbitamente y conjuró el peligro”.

A pesar de encontrar la narración sumamente interesante no pude dejar de reír incrédulo, a pesar de la mirada de absoluta sinceridad del anticuario. “Estos hechos que te he narrado se han tornado tan conocidos entre un numeroso grupo de São Paulo que me pedían el cuadro frecuentemente, ya sabes que pasamos momentos difíciles. Decidí, ante el temor de perderlo, pues ya se lo prestaban unos a otros sin decirme nada, no dejarlo más. Ante las súplicas mandé hacer fotografías, mira: -abrió un cajón y vi más de diez fotografías de mi cuadro-. Otra prueba: elige de mi tienda el objeto que más te guste”. Sin querer dirigí la mirada al muñeco semiarticulado. “¿Es esto lo que quieres? Pues es tuyo.” No quise aceptarlo, pues sabía que estos muñecos se vendían carísimos. “Llévatelo, llévatelo por favor, esto me dará un gran sosiego”.

Ya sé que muchos sonreirán como yo lo hice sobre este hecho, sé que otros darán las explicaciones necesarias para reducirlo a “cosa comprensible”; no importa, todos somos libres de interpretar los hechos. Pero quiero afirmar desafiando ser tenido por un ingenuo o farsante que creo en los hechos como me fueron contados y tengo el convencimiento de que cualquier persona que hubiese vivido el encadenamiento de hechos extraños que durante años ha acompañado mi vida reaccionaria del mismo modo. Recuerdo unas palabras maravillosas de San Juan de la Cruz: “El camino cierto del hombre está en creer cada vez menos en lo que se ve pero no existe y cada vez más en las cosas que no se ven pero existen”.

No sabemos casi nada de la vida, somos seres primitivos, miramos a nuestro alrededor y encontramos mezquindad, incomprensión, envidia, hambre, guerra. Nadie puede alegar que esto sucede entre los países más atrasados; por el contrario, los acontecimientos de la segunda guerra mundial son categóricos. Ignoramos las grandes y profundas corrientes de nuestro espíritu. No soy escritor, no sé expresarme; intento manifestarlo a través de mi pintura, pero sé que no ha llegado aún el momento de ser creído. Si se duda de un Jung que pone las cosas en un plano bastante claro y habla de hechos menos misteriosos, es inútil intentar convencer. Además: ¿Por qué convencer? Cada persona tiene un camino, su grado de evolución. Hay que tener el valor de decir las cosas con el máximo rigor y coraje y nada más.

El director de la fundación Álvarez Penteado me invita a dar clases en dicha institución. Motta ha sido a mi juicio un gran luchador y, sin duda, una de las personas más lúcidas y auténticas que conocí en Brasil.

Las Bienales me dan la sensación, a pesar de los gritos de triunfo de sus adeptos, de que estamos en un período de decadencia que se acentúa progresivamente. Viajo por Brasil; el lugar que más me impresiona es Congonhas de Campo. Contemplar las esculturas de Aleijandinho es inolvidable.

Me encuentro casualmente con V.Castells, colaborador del Dau al Set; mantiene su espíritu vivo, no se ha corrompido como la mayoría. Se dedica a la grafología y sus conocimientos son realmente extraordinarios.

1962
Enfermo y retorno a España. Me retiro al Bruc, donde pinto intensamente y continúo una experiencia iniciada en mi último año en Brasil. Dejo ver mi trabajo a algunas personas que quedan admiradas entre otras razones porque ha corrido la voz que había dejado de pintar. La gente me dice: “¿Por qué no pintas?” Pregunto: “¿Y por qué dices que no pinto?” “Porque no expones.” Pintar es sinónimo de exponer. Qué tontería. Exponer fundamentalmente es una necesidad económica, no nos engañemos más. Crear y exponer nada tienen en común, pero la corrupción ha llegado a tal punto que se pinta para exponer, lo cual quiere decir que esta manifestación se ha convertido en un peligro mortal.

1963
Juan Perucho, uno de los primeros defensores de mi obra en el curso de una memorable visita al Bruels, trata de convencerme de mostrar mi trabajo. Lo hago obligado, pues de todos modos no puedo evitar que se organice una exposición con los trabajos de las colecciones.

1964
Retrospectiva en la Galería René Metras con una acogida delirante principalmente por parte de la juventud, que desconocía pródigamente mi obra. La crítica barcelonesa pone toda la leña en el fuego para ponderar mi personalidad. Conozco a Xavier Corberó, la persona en quien he visto con más claridad todo lo que no soy. Lo mío no le merece a él mi respeto; no obstante, nos une una fuerte amistad. De una forma absolutamente diferente a la mía, él también vive peligrosamente y procura llevar las cosas a sus últimas consecuencias. Entro en contacto con la juventud. Tomo consciencia de que ya no soy un joven. Otros afanes, otras visiones han surgido; existe un mundo en formación dotado de características propias.

Cirici Pellicer escribe un magnífico artículo en el que recuerda la importancia de mi obra en los años decisivos. Es un acto de coraje, pues se ha creado una putrefacta atmósfera de intereses excusos contra mí y se intenta a toda costa desfigurarme, tergiversar los hechos más patentes y dar una visión falsa de los acontecimientos.
Fernando Guereta Brujo, a mi juicio un auténtico genio de una audacia insospechada, empieza a hacer milagros. En sus manos, los precios de Nonell, Mir y otros empiezan a subir como por arte de magia. Por fin ya no tengo que preocuparme por nada que no sea crear; crear al margen de todas las preocupaciones que afligen a muchos artistas agotándoles su fuerza creadora.

1965
Olaf Hudwalher, presentado por August Puig -antiguo compañero de lucha-, expone una suite de dibujos en su Galería de Frankfurt con buena acogida por parte de la crítica. Yo mismo escribo la presentación del catálogo, donde intento esclarecer un poco la confusión. En la prensa dicen que mi escrito es un documento de gran valor para saber lo que realmente sucedió en la historia de la pintura de la posguerra española.

Sala especial en la VIII Bienal de São Paulo. Se me otorga el Gran Premio Internacional de Dibujo. Este premio es conseguido con unos trabajos realizados en Brasil (1955-56) cuando todo el mundo decía que no trabajaba. Tengo la sensación de que se ha premiado la fe en mí mismo. Su simbolismo me fascina pero considero los premios como algo inútil que apenas sirve para aumentar la confusión.

Exposición-homenaje en la René Metras con una gran acogida de la crítica y del público, aunque exponer es algo doloroso que soporto cada día con más dificultad: desde las paredes los trabajos me miran como humillados, preguntándome sobre nuestra maravillosa intimidad perdida. Pintar es como amar. No puedo concebir ninguna de estas cosas sin intimidad absoluta

1966
Fecha de nacimiento de Joan.

Se expone en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro una selección de trabajos de Genovés y míos.

En el año 1949 el poeta Foix me llevó a Portlligat para que Dalí me conociese. Visitamos Cadaqués y me quedé fascinado por el lugar. Me prometí volver. Así lo hice siete años después y la fascinación fue aún mayor, a tal punto que decidí quedarme. Alquilé una casa la misma tarde de la visita. Pocos días después supe que en ella había habido una pensión llamada Lydia, por la que desfilaron Picasso, Manolo Hugué y Eugeni d’Ors. Me emocionaba trabajar en el mismo balcón en el que ellos lo hicieron. Apenas permanecí cinco meses en ella, pues el lugar fue destruido.
Mantuve un intenso contacto con el pueblo de Cadaqués. Esta gente, quien sabe si por ser un poco alucinada como yo, me seduce: las conversaciones con los pescadores contando sus aventuras y las de sus ancestros, las historias misteriosas de Cadaqués narradas brillantemente por Vivaldet, las partidas de “manilla” con el Sr. Don Vergra (un auténtico artista en el juego), mis peleas con Salot, la melancolía de Eribert (poeta y jefe de correos del pueblo), la integridad de Isidret, la imaginación mórbida de Llorens, la filosofía de Pere del Marítim, la alegría de Paco… Todos ellos, personajes de una gran personalidad con una visión muy particular del mundo, me han ayudado a no caer en el mundo sofisticado que tanto perjudica a los artistas.


Realizo 30 aguafuertes para ilustrar La Metamorfosis de Kafka.

Exposición personal en la Galería Staemply (Nueva York) con una excelente acogida de la crítica y del público; en pocos días son adquiridos todos los trabajos.

Trabajo con intensidad, siempre por las noches: empiezo a las dos y sigo aproximadamente hasta las nueve o las diez de la mañana. Por la tarde dibujo un par de horas.

Juego al ajedrez con Marcel Duchamp; siento un equilibrio total de fuerzas. Hay algo, como una aureola en él que me maravilla. Lúcido, incorruptible: es un ejemplo.

Realizo los figurines del Ballet de Antonio Gades Don Juan. Shemplhy expone mis dibujos con otros de Delvaux, Bertoña y de Koening. Tengo trabajos en la exposición “Dibujo español” en Johannesburgo y en “Grabado español”, en Barcelona. En la Feria Internacional del Libro mis trabajos figuran en un panel con Picasso, Clavé y Dalí.

Realizo un “catálogo-anti-catálogo” donde denuncio su banalidad. Marcel Duchamp lo encuentra magnífico y lo pone en la pared de su sala con dos chinchetas.

Exposición “Pintura catalana” en el Museo Picasso Antibes. Felizmente no voy a ninguna exposición y son los marchantes quienes mandan los trabajos muchas veces sin comunicármelo. El marchante es un ser rarísimo, extraña mezcla entre santo y gángster.

Alquilo una casa en los Quers, construida encima de una roca tocando al mar; la vista es algo increíble. Me vienen a visitar amigos: Corberó, Brossa, Portabella y algunos alumnos de Brasil. Mi hijo me regala una ratita blanca, Serafina, que me hace mucha compañía cuando trabajo por las noches. Corre por la mesa de dibujo, a veces se detiene para mordisquearme una uña. En algunos momentos en que el trabajo no salía, momentos de profunda angustia, ver-la me ayudó a superarlos.

1968-69
Exposición personal en Barcelona y en Benidorm. Trabajos en la Galería Schöninger de Munich y en los “Points Cardinals” de París. De la mayor parte de las exposiciones me entero meses después de que hayan sido realizadas; esto me agrada, tengo la sensación de que las hice en mi niñez, no puedo explicar por qué.

En todos los cuadros de mi juventud aparecía en el fondo una especie de ruina; me asombra descubrir que existe en Cadaqués una exactamente igual. A los pocos días sé que se vende un pequeño hotel edificado a su lado. No dudo. Lo compro. Desde su terraza veo la montaña, el pueblo, el mar; esto es para mí muy importante y siempre que es posible trabajo en ella. El viento de estos lugares, la Tramuntana, es famoso por su fuerza. Más de una vez he salido corriendo detrás de un dibujo o cuadro que me arrebataba. La casa pronto adquiere aire de convento: largos pasadizos, pequeñas habitaciones; el espíritu sereno de mi mujer impregna las paredes. Invariablemente quien nos viene a visitar dice: “Qué calma, aquí se puede reposar”. Infelizmente en mi estudio las cosas son diferentes, a pesar del orden absoluto en que tengo todos mis objetos siempre hay en él un aire amenazante, opresor, que perturba a muchas personas.

Encontramos un pequeño perro abandonado, “Sacha”. Es imposible describir el amor que le tenemos. Leo unas frases que pueden explicar un poco este sentimiento (están en el interior de la revista de Vallés).

Realizo algunas litografías en el Atelier Dejobert, París, y grabados en el Atelier Rigal.

Me invitan los pintores Arranz Bravo y Bartolossi. Me traen un pequeño álbum-homenaje. Es uno de los instantes más felices de mi vida, esto sí que es un triunfo, que la juventud confíe en mí.
Aparecen dos locos de mi trabajo, Baixeras y Riera, que adquieren los cuadros más importantes realizados en los últimos años. Ver la intensa emoción de estas personas delante de mi obra me llena de orgullo.

Ricardo Bofill selecciona mis dibujos para acompañar su libro La ciudad en el espacio. Se organiza en el Reisniches Museum de Bonn una importante muestra de mi trabajo que ocupa tres plantas del museo. Se expone en la Galería Staemply una suite de dibujos y pinturas que he realizado durante dos años tremendamente obsesionado con el tema de la muerte. Son en realidad extraños proyectos de cajas de muertos que intentan expresar su misterio. Gran éxito de la crítica. Al público le agrada menos.
Leo toda la obra de Samuel Becket, que enriquece mi espíritu.

1970
Con un maravilloso texto de Foix, se edita un álbum de 22 aguafuertes de grandes dimensiones. Este álbum fascina a todos los que lo conocen. Realizo 60 dibujos que, unidos a unos textos de Luis Goytisolo, forman un libro singular, libro insólito.
Trabajo intensamente en una serie de dibujos que titulo Las Manos de Fanafa; son estos trabajos el resumen de todo lo realizado durante mi vida.

Visitando el mágico cementerio de Cadaqués, que aparece con frecuencia en mis sueños, descubro un lugar que parece decirme “éste es tu lugar”. Son unos nichos donde eran enterrados los que nada poseían. Compro un nicho y lo cedo a quien quiera para tener derecho a ser enterrado en dicho lugar, con los desheredados, pues yo soy, a pesar de todo, un pintor maldito, un hombre que ha sufrido todas las miserias de la humanidad; ellas me han templado, ellas han abierto mis ojos a lo sublime, a lo maravilloso. No hay duda, éste es un mundo infinito. Me siento realizado pero pienso que lo que realmente siento de la existencia aparece claramente en un sueño: paseaba anoche con alguien hacia Portlligat. Al pasar delante del cementerio la persona que me acompañaba me pregunta: “¿Qué es esto?” Le respondo: “Esto es el cementerio de un cementerio”.

La pintura es para mí un medio para penetrar en el misterio; cuando no lo consigo, es una plegaria pidiendo un poco de diálogo a Aquél que es creador y responsable de todo lo existente. Unas palabras de Foix me definen por encima de optimismos y pesimismos: “Tu, Joan Ponç, has descubierto que encontrar lo maravilloso libera la mente, aviva los sentidos y prueba nuestra inocencia”.